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Los sistemas cambiarios no son inmunes, hay que cuidarlos

  • finanviewweb
  • 5 mar
  • 3 Min. de lectura


En el Ecuador hay un ambiente de satisfacción por las Bodas de Plata de la dolarización. No es para menos. Los resultados demuestran el cumplimiento del objetivo de su adopción: ofrecer seguridad en el valor de la moneda, recuperar la estabilidad y mantener los ingresos reales y patrimonio de las personas, empresas e incluso de los ingresos fiscales. De ahí su abrumador apoyo. Sin embargo, para sostenerla se necesita un profundo cambio en las relaciones de toda índole. ¿Se lo hizo?

 

En estos 25 años muchas cosas han pasado, algunas buenas y otras amenazantes con el modelo y el sistema vigente. Las segundas tienen su núcleo en la descomposición del gasto fiscal que se inicia en el año 2007 y hasta ahora no tiene una solución sostenible. Esta deriva confirmó sus efectos perniciosos con la vuelta del endeudamiento agresivo, la utilización indebida e irresponsable del Banco Central como fuente de financiamiento del déficit fiscal, resentimiento del crecimiento, caída de la inversión y un debil empleo.

 

Hay quienes creen que la dolarización en inmune y nadie podrá destronarla. En verdad es una muralla poderosa que tiene un límite de resistencia y pueden llevarla por varios caminos que la desnaturalice. Veamos dos casos que ilustran. El fin del Patrón Oro, tan apetecido por las economías, trajo lecciones que pueden resumirse en una frase: cumplan siempre las condiciones que exige el modelo. No abusen de sus bondades. Cuídenlo. Entre 1929 y 1933, la magnitud de la debacle llevó a perder el 25% del PIB de los principales países del mundo. A que el 25% de los empleados pierdan el empleo. Que los salarios caigan el 33%. Que quiebre el sistema bancario. De ahí devino la inestabilidad como una realidad que terminó con la II Guerra Mundial. 15 años se fueron al agua con un mundo que tuvo que cambiar los paradigmas de política internacional para asegurar gobernabilidad en paz.

 

Ahí nació el sistema de Tipos de Cambio Fijos establecido por el Acuerdo de Bretton Woods. Aguantó desde 1946 hasta 1972, cuando el gobierno de EE. UU rompió el Vinculo Dólar-Oro precisamente porque no había cumplido su papel central de cuidar esa relación y garantizar la convertibilidad. El mundo vivió una década de enorme inestabilidad cambiaria hasta llegar al estado actual de relaciones razonablemente predecibles.

 

Por lo tanto, el tipo de cambio fijo de la dolarización necesita que la política económica que le acompaña sea consistente y rigurosa. Si no, el horizonte puede ser tenebroso y nadie en su sano juicio lo quisiera vivir. Los políticos están advertidos de su responsabilidad. Hasta tanto hay que protegerla de las fallas ya detectadas y de las amenazas conocidas. Dos reformas (además de la fiscal) pueden ayudar y son:

 

La primera, alejemos el temor de que el Banco Central pueda volver a ser utilizado para cubrir las angustias de la crisis fiscal y su déficit insostenible. Separemos todas las cuentas del Estado, créditos y obligaciones y las transfiramos al Banco del Estado para que éste sea el Agente Fiscal y el Banco Central sólo sea el Agente del Sistema Financiero. Con este cambio, las entidades públicas tendrán su banco propio y podrán arreglar sus cuentas y cubrir sus necesidades sin poner en riesgo el principio fundamental del Banco Central de cuidar la estabilidad de la economía y en especial del sistema financiero.

 

La segunda reforma busca corregir la limitación que tiene actualmente el Banco Central dentro del mercado monetario para intervenir de manera activa cuando el ciclo económico necesite una inyección o esterilización de dinero. Hoy no tiene recursos libres para hacerlo ya que la Reserva Internacional al no cubrir sus pasivos (Base Monetaria), debe tenerla siempre líquida para recuperarla de forma inmediata cuando un intermediario o el sistema los requiera para sus transacciones normales o incluso inesperadas pues constituyen el respaldo primario de la dolarización.

 

La propuesta es tener Reservas Internacionales superiores a la Base Monetaria (digamos dos veces ella) para que, con ese exceso el BCE pueda realizar operaciones financieras de mercado de capitales con el sector privado que regulen la tasa de interés y la liquidez de la economía, de tal forma que el país mitigue los quebrantos por eventos cíclicos incontrolables. Esto significa capitalizar todas las utilidades del BCE hasta que su patrimonio sea lo suficientemente grande que le lleve a esa meta. Con esto, el BCE recupera la función monetaria regulatoria que carece y lleva a una dolarización menos rígida y menos propensa a ciclos perversos.

 

Colaboración

Revista Forbes

27 de enero del 2025

 
 
 

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